Innovar es una actividad clave tanto a nivel
personal como a nivel social, y por supuesto para las organizaciones.
Innovación supone desarrollo. Existe además una relación directa entre
innovación y competitividad (Regional Innovation Scoreboard). De igual forma se
puede establecer una relación entre innovación y crecimiento. Las empresas más
innovadoras, a nivel mundial, tienen una previsión de crecimiento para los próximos
cinco años tres veces mayor que las menos innovadoras.
El mercado y la sociedad cambian y una actitud
estática no es ningún seguro de supervivencia ni de desarrollo. En la situación
de crisis actual se demanda crecimiento. Es el crecimiento el que nos llevará al
empleo. Pero este ansiado crecimiento, para que sea sólido y duradero, debe
venir de la mano de visiones y de actitudes innovadoras, tanto en las personas
como en las organizaciones. Es verdad que la innovación conlleva riesgo, pero es
admitido que más riesgo supone no innovar. Entre otras razones por la propia dinámica
social y tecnológica, entrelazadas ambas.
Esta visión que nos llega del mundo empresarial
debe de tener impacto en el mundo de la educación. Debemos educar y formar para
la integración en la sociedad del siglo XXI (no para la de otro siglo). Los que
trabajamos en educación tenemos por tanto la obligación de desarrollar el
talento creativo y la capacidad de innovación de nuestros alumnos y de la
sociedad en general.
La capacidad de innovar parte en esencia de una
apertura a la diversidad, que se concreta en una aportación de valor basada en
el conocimiento. Creatividad y capacidad de innovación deben de entenderse pues
como competencias clave, es decir ‘aquellas que todas las personas precisan
para su realización y desarrollo personal, así como para la ciudadanía activa,
la inclusión social y el empleo’
El sistema educativo, globalmente considerado, no facilita
el desarrollo de la inteligencia creativa. Esto supone una debilidad pero
también una oportunidad para la innovación educativa.
Recordemos que el concepto de oportunidad,
directamente ligado al de innovación, tiene que ver con la detección de un
hueco, de un vacío, de una carencia. Y tiene también que ver con lanzarse hacia
el futuro, un sentido de proyecto, para intentar llenar ese vacío. La
creatividad se encuentra en el centro del proceso de innovación.
Creatividad es salirse del marco, romper moldes,
ver la realidad desde distinto ángulos y encontrar en ella nuevas
posibilidades. La innovación va a añadir a la creatividad una dimensión orientada
al mercado, entendiendo este término en un sentido muy amplio, como el conjunto
de destinatarios de lo creado. La innovación necesita impacto social.
Aprender a innovar es pues el reto. Entendemos que
aprender es una actividad que al principio se realiza a nivel consciente y que
en la medida en que se va desarrollando transforma el saber (cognitivo, procedimental)
en una actividad que se ejecuta en gran parte a nivel subconsciente. El aprendizaje
de la creatividad y de la innovación debe de entenderse en este mismo sentido.
Se trata de asimilar unos hábitos de pensamiento creativo y de hacerlo de tal
manera que a la larga se conviertan en acciones naturales que se hacen ‘sin
darnos cuenta’.
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